José Clopatofsky
José Clopatofsky

El miedo a los talleres

En su columna de la más reciente revista Motor, José Clopatofsky habla sobre cómo ha cambiado la entrada al taller con los vehículos más modernos.

03:53 p. m. 01 de junio del 2021

Es natural que ahora surjan muchas inquietudes sobre el mantenimiento de los carros híbridos y eléctricos, agregadas a las confusiones crecientes entre mecánica, electricidad y electrónica. Cada vez más, los procesos de las reparaciones son más complejos y digitales, pero sigue constante una plataforma que no ha cambiado y es el “carro de toda la vida”, pero que, desafortunadamente, no es de por vida.

Este, sea para gasolina, diésel, hidrógeno, gas o de pilas y cargue cuanto computador le pongan, tiene llantas, rines, frenos, balineras, terminales, vidrios, rótulas, amortiguadores, bujes, radiadores, ventilador, pastillas, bombas, correas, cables, guayas, tuercas, tornillos y otros miles de cosas que se seguirán gastando y reparando por la vía tradicional.

El servicio de los híbridos y los eléctricos requiere unas instalaciones aisladas, equipos y mecánicos dedicados y capacitados en el tema, por lo cual son de forzosa atención en el concesionario. Como son sistemas sobre los cuales no hay bibliografía ni conocimientos genéricos y hay muchas inquietudes sobre su vida y confiabilidad, las marcas dan garantías muy generosas y extendidas para disipar las naturales aprehensiones de la potencial clientela. Total, en todos estos vehículos los problemas de la electrificación son del concesionario, porque el dueño nada puede hacer por su cuenta.

En todos los carros convergen la misteriosa maraña electrónica, los sensores, la interconexión de las partes, que hace que a veces cuando se funde un bombillo se apague el motor. Para poder rastrear esas funciones recurrimos al escáner que lee esas partes (todas son selladas) y redes, confronta sus señales y arroja códigos de falla que luego requieren un diccionario para interpretarlos. Hay escáneres genéricos con los programas básicos de las marcas, y los oficiales, que tienen las últimas actualizaciones y hasta conectan directamente el carro con el cerebro de la casa matriz en otro país, que se encarga de organizarlos, previa la identificación que acredite que es oficial el sitio de servicio. El escáner no es la biblia, pero hay sitios donde venden esa religión. Este solo puede ver lo electrónico; por ejemplo, un “ruidito de suspensión” no lo detecta el escáner.

A medida que los carros se tecnifican, se aíslan de sus dueños. Uno abre el capó y no ve cables, ni mangueras, ni varillas, ni nada. Y si los pilla, poco puede hacer, pues ya no se arreglan con el tacón de la señora golpeando el borne de la batería.

Siempre les hemos tenido miedo a los talleres, sobre todo quienes no son expertos y llegan sin diagnóstico ni pedido específico de una reparación. Y ahora más porque hay muchos misterios y cajas negras que ni sabemos que existen debajo del capó o del asiento. Para completar, las unidades mecánicas principales cada vez son menos reparables por su complejidad, y el concesionario las cambia completas porque no venden piezas sueltas y esto limita muchas reparaciones en talleres independientes.

Eso desemboca en la factura, que en algunos lugares es especulativa y muy onerosa, por lo cual la gente recurre a otras opciones donde puede encontrar al “mago que se las sabe todas”, como al que las está inventando por su cuenta.

Pero si el cliente tiene miedos cuando su vehículo pide taller, el carro sufre de pánicos. Apenas “sabe” que va a que lo escarben y manipulen, suele rebelarse. Es frecuente que el dueño llegue al taller y el ruido que sentía o la falla que lo molesta desaparezca como por encanto. “Llegué al taller y dejó de sonar”. “Esto solo le pasa cuando hace calor y estoy en carretera”. “Se curó solo”. O bien el técnico, ante la falta de evidencias en el momento, lo despacha: “Si sigue molestando, vuelva...”.

Hay razón para tener miedo de los talleres porque cuestan bastante y no siempre aciertan, aunque no quiero que esto se lea como una descalificación o crítica genérica a tantos miles de colegas que meten mano en los carros con la mejor inspiración y deseos de acertar —y lo logran—, a veces con mejor olfato y éxito que el concesionario. Lo cual en mecánica y con los nuevos sistemas no es evidente ni está a la vuelta de la página lograrlo para cualquier persona, porque de todas maneras la tarea requiere una infraestructura costosa, herramientas especiales, capacitación y estudio.

Tal como ahora sucede en la medicina, donde hay un especialista hasta para uñas izquierdas o derechas, en el servicio de los carros actuales y de los que vienen tenemos que vivir este nuevo mundo tecnológico y buscar las mejores garantías de primera, segunda y más manos cuando ya estemos fuera de las redes oficiales.

La mecánica de la bayetilla de los sábados en casa, se acabó.

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