José Clopatofsky
José Clopatofsky

El Salón no cabía

En su columna de hoy, José Clopatofsky habla sobre el cancelado Salón del automóvil y el impacto de la cuarentena en el sector automotor en el país.

03:55 p.m. 28 de abril del 2020

Como era de esperarlo luego de la cadena de nuevas prioridades a raíz de la pandemia que nos llegó, el Salón del Automóvil que estaba anunciado para el próximo noviembre se canceló y quedó en el tintero si es viable hacerlo en el 2021, si son procedentes las aglomeraciones y las condensaciones de personas como lo es la asistencia a este evento, en un recinto cerrado de alta capacidad transmisora de lo que sea. Bueno, inocuo o malo. Además, si bien nos va, será un hospital en convalecencia y posiblemente sede de muchos gérmenes.

Para las marcas, la cancelación de este evento, que les cuesta fortunas y sobre cuyos réditos finales siempre ha habido dudas cuando se hacen los cruces de cuentas de las matrículas que en el mes anterior se aplazan y en siguiente al salón se acumulan, generando un relativo efecto de aceleración de las ventas, creo, es una buena noticia.

Veamos cómo se encuentran: con un mes y más sin ventas, con los talleres cerrados y muchísimas operaciones detenidas como las cuantiosas reparaciones de siniestros, los anaqueles de repuestos inmóviles y su enorme fuerza laboral sentada sin alternativas de producir caseramente, sus fondos están pasando rápidamente al rubro de insuficientes para sostener arriendos, costos de energía, vigilancia de los carros ajenos que tienen a su cuidado, inventarios improductivos –o mejor, generando, pero enormes costos–, importaciones ya pagadas en camino o plantas de montaje inmóviles y con los patios llenos, carros causando facturas en agencias de aduanas y que se podrían vender online, pero cuyas operaciones no se pueden concretar porque el gobierno cerró las oficinas de matrículas, y pagando los salarios y las prestaciones. Entre varias otras cosas.

Si este panorama a grandes rasgos se da en las empresas que tienen buen tanque y credibilidad ante las entidades financieras que les pueden abrir los créditos favorables y sobregiros menos onerosos gracias al valioso respaldo físico que comprometen, en los pequeños negocios de talleres, repuestos, importaciones y servicios afines al sostenimiento de la movilidad la situación es caótica y poco a poco se volverá inmanejable a punta de patriotismo y solidaridad, pues no tienen herramientas económicas para sobrevivir.

Ni hablar de la “mecánica de andén”, de la del taladro de mano para instalar boceles al paso, de la que vive de cambiar el eje o las pastillas, de colocar un cuarto de aceite o las películas de los vidrios, del torno que fabrica recambios, de los mecánicos que latonean, pintan y trabajan a destajo y, en general, de la multitudinaria cadena del rebusque que del automóvil se desprende. Ya están arruinados y con hambre en muchos casos.

Por eso, aunque no suene coherente con la cilindrada de una revista de automóviles como MOTOR, me parece que obviar la parafernalia logística y económica que implica el montaje del Salón para concentrar las fuerzas y los recursos en recuperar todo este tiempo perdido para aliviar las finanzas y conseguir de nuevo productividad y rentabilidad, es la prioridad del sector. Promociones, descuentos, facilidades, atractivos es lo que necesitan, y para ello el Salón estaba muy lejos en el tiempo y los presupuestos no dan para reactivar el año y al mismo tiempo hacer fiestas en noviembre. Total, el Salón de acá no lo es. Se trata de una feria de ventas con gran boato y luces, que es lo que lo ha sostenido durante 16 años, pero que, en el final del análisis, depende de la demanda y esta a su vez de la liquidez de la clientela, cosas que no están aseguradas porque todo va a estar golpeado durante mucho tiempo.

Si la clientela está activa, de todas maneras las personas van a comprar y para eso están las vitrinas de los concesionarios, que invierten mucha plata durante todo el año para crear su tráfico que el Salón desplaza durante un par de semanas, distrayendo las potenciales utilidades para sostener los negocios.

El 2020 será un pésimo año en cifras, pero no tanto en ventas, que serán proporcionales porque con varios meses cerrado, es natural que el sector se desplome o, mejor, no sume. Por todas partes, los porcentajes de los resultados son muy negativos y la industria mundial está colapsada bien sea por los cierres obligatorios, por la falta de insumos para fabricar, por la contracción de las billeteras y por el surgimiento de otras prioridades en todos los niveles a cambio de sostener salud y vidas. Por eso, estadísticamente este año hay que sacarlo del Excel.

Sin embargo, aunque la reclusión sea imperativa e ineludible, el automóvil tiene que andar ahora dentro de los límites racionales, pues la gente no siempre tiene que salir a pie a sus diligencias primarias, y ahí es cuando resultan totalmente descuadradas, cuando no contradictorias, las propuestas de la Alcaldía de Bogotá, que pretenden bloquearlo en momentos en que los buses van a llevar solo un 35 por ciento de la ocupación y las personas que tienen auto deberán sacarlo porque no las dejan subir a los buses o ya no tienen chasís físico, ni pulmones, ni fondo para la bicicleta. Además, esos sectores que van a empezar a caminar no solo funcionan con los operarios y los obreros. Necesitan dirección y control, cuyos agentes posiblemente asisten siempre a su trabajo en automóvil particular.

Más absurdo es salir a hablar del carro compartido cuando quieren tener distancias de dos metros en los buses y pretenden colocar a las personas a medio metro unas de otras. Para que la gente se pueda mover más allá de ir en los gusanos rojos, que tienen prioridades más masivas, se necesitan talleres, repuestos, gasolina e insumos. O sea, el auto particular es ahora más esencial que nunca para descongestionar el transporte público y deberían quitar el pico y placa (basta con el de género) y valerse de este sistema de movilidad que es el menos riesgoso para el contagio.

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