José Clopatofsky
José Clopatofsky

Trancón con estrato

En su columna de la más reciente Revista MOTOR, José Clopatofsky habla sobre el inequitativo proyecto de cobro para usar el vehículo en pico y placa.

03:38 p. m. 23 de marzo del 2021

Han pasado varios días, deliberadamente consentidos antes de escribir esta nota, desde cuando la Secretaría de Movilidad hizo sus últimos anuncios sobre el proceso de cobrarles a los automovilistas que quieran usar su vehículo libremente durante las horas del pico y placa en Bogotá.

Dice la entidad, textualmente, que no puede pagar lo mismo quien vaya en un Renault 4 que quien vaya en un Mercedes, como si ambos no estuvieran ocupando la misma cantidad de espacio y sacando el mismo beneficio. No tiene el más mínimo sentido.

También afirma que la capacidad de pago de quien tiene un Mercedes, marca específica del ejemplo y del ataque, como lo es de manera absolutamente irrelevante citar un R4, del cual sobreviven pocos ejemplares, no es la misma. Claro que hay enormes diferencias de precios entre los niveles de carros, pero hay que anotar que quien compró lo que ahora los colegas de la prensa generalizan como auto o camioneta “alta gama” para adornar sus reportes, digamos uno de 100 millones de pesos, pagó 19 millones de IVA, siempre y cuando no tuviera aranceles por el país de origen, y un 8 por ciento de impuesto al consumo. O sea, más del 20 por ciento, si sumamos los gastos de matrículas y otras arandelas, se los lleva el Gobierno nacional y otra parte el municipio donde expiden las placas. Suficiente aporte al erario y “castigo” a su supuesta opulencia.

Basta con revisar las ofertas de carros usados de todos los estratos que hay y la Secretaría podrá encontrar cualquier cantidad de ejemplares (personas) a quienes desde el escritorio las ven como de alta “capacidad de pago”, cuando en realidad sus dueños están abrumados por el precio de la gasolina, los parqueaderos, las restricciones, el SOAT, las revisiones, y pasan horas bloqueados en calles llenas de huecos, sin futuro de descongestión.

Hice una navegación por los portales de ventas de usados y encontré en uno de ellos más de 30 ofertas de los estigmatizados Mercedes, de modelos entre 2008 y 2013, que cuestan por debajo de 45 millones de pesos. Esta cifra es menos de lo que vale el diminuto Twizy de Renault de un solo puesto, o un Spark, un Kia, un Kwid o un Logan —que son la referencia del carro popular— listos para estrenar. En contraste, en un portal aparecen tres R4, de los cuales dos valen más de ¡20 millones de pesos!

Estas cuentas son fáciles de hacer y ver, pero quienes estudian las tarifas que pretenden imponerles a los que paguen por el trancón las están calibrando a ojo, sin el más mínimo sentido de equidad, si es que esta palabra puede aplicarse a un mecanismo que solamente tiene un pendenciero fin de recaudo y va en contra de la movilidad y la contaminación.

Porque ese es el otro tema que al Distrito le sirve para su populismo, pero atenta contra el medio ambiente. Es claro que un carro de última generación —que lo son desde hace por lo menos 15 años— emite muchos menos gases nocivos que un R4 carburado de paso directo de gases contaminantes, y de esos motores hay cientos de miles de todas las marcas rodando. Que tienen el derecho de hacerlo porque cumplen las normas para su edad, pero que en la realidad causan más contaminación que los modernos, a los cuales se pretende castigar con tarifas diferenciales contra su tecnología, que se debería estimular.

Y ni hablar de las complicaciones del proyecto de cobrar por distancias y por las zonas visitadas, lo cual es otra forma de ponerle estrato al proyecto, porque atenta contra todas las normas de igualdad que cobijan a los ciudadanos en cuanto al uso del territorio nacional. A eso se suman los controles que, aunque las famosas cámaras puedan ayudar a identificar cuál carro pagó y está al día para estar privilegiado disfrutando del atoro, tampoco pueden saber si van más de dos personas a bordo para tener ese favor, y menos en la noche, cuando el pico y placa es más denso. ¿Hay policía para eso?

La ciudad está más que colapsada y el fracaso de sus políticas de movilidad está calificado en el tercer lugar en el mundo. Nada honroso. Y menos cuando las medidas que piensa poner solo sirven para cobrar, sin aliviar las calles. Como tampoco lo hace el reguero de conos y maletines plásticos para delimitar ciclorrutas sin criterio, que generan enormes nubes de gases mortales en los bloqueos donde los motores particulares, y muchísimo más los de servicio público del sistema de la alcaldía, disparan sin remedio veneno por los exostos.

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